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El consumo de Té se pierde en los anales de a historia. Cuenta la leyenda que en año 2737 a. C. el emperador chino Shen Nung estaba debajo de un árbol tomando una taza de agua hirviendo, siguiendo la ordenanza que dictaba hervir el agua antes de consumirla para evitar enfermedades, cuando se cayó una hoja del árbol en la taza. Al emperador le gustó mucho la infusión y la bebida se popularizó.

En el año 800 d. C. Lu Yu, educado por monjes buditas,  escribió el primer compendio escrito del té: el Ch’a Ching, que describe las diferentes maneras de cultivarlo y prepararlo.

El té llegó a Japón en el siglo IX a través de los monjes budistas chinos que se asentaron allí, los japoneses posteriormente lo encumbraron a nivel de obra de arte dotándole de un ceremonial único, que requiere años de perfeccionamiento.

El Té llega a Europa en el siglo XVI primero a través de los portugueses, y posteriormente a través de los holandeses que en el siglo XVII extendieron su consumo a todas las clases sociales. Los holandeses llevaron el té a su colonia Nueva Ámsterdam en América, posteriormente rebautizada Nueva York por los Ingleses, quienes se asombraron de que la colonia consumía más té que toda Inglaterra junta.

El dominio marítimo británico en el siglo XVIII hizo que el comercio internacional de té fuese monopolio británico y su consumo se extendiese por todas sus colonias al igual que su producción (en la India, Ceilán, África Oriental).

La revolución de independencia americana, comenzada por una subida de los impuestos del té hizo que se considerase el café como una bebida más patriótica. Sin embargo, el siglo XX trajo dos importantes innovaciones, ambas americanas: las bolsitas de té que permitían un consumo más cómodo y el té helado.