Con la llegada del buen tiempo, como cada año, ¡cada año, cada año!, volvemos a escuchar la llamada a las trincheras al grito de "operación bikini". Nunca he sido muy dada a preocuparme de estas cosas, no había razones para hacerlo, pero lo cierto es que el año pasado comencé a sufrir una especie de transformación en plan Hulk, y de la noche a la mañana mi cuerpo empezó a ensanchar y a caer, como por arte de magia, hablo en serio. Al principio no hubo muestras evidentes del cambio, más bien era yo quien notaba que la ropa empezaba a quedarme estrecha, sobre todo en el tren inferior, esa zona conocida en el argot gimnástico como GAP, y toda la importancia que le di fue NINGUNA. Sin embargo, al llegar la primavera la realidad ya era visible a los ojos de cualquiera, desde mi madre, que nunca se ha cortado un pelo y me soltó la sentencia mortal de "estás más gorda pero tienes mejor cara", hasta mi hijo pequeño que una mañana, camino del colegio, me preguntó que porqué siempre me ponía cinturón si los pantalones no se me iban a caer.


NOS PASA A TOD@S

Mi plan de ataque comenzó por echarle la culpa a mi tiroides, algo debe estar funcionando mal, pensé, pero mi médico arruinó esta teoría tras una analítica perfecta en todos los sentidos y elaboró la suya con la sensatez y la experiencia de las que adolezco. La edad, mi edad, es la única culpable de que mi cuerpo y todos sus mecanismos se ralenticen como un tren de vía estrecha cargado de mercancías inservibles.

Mi modus operandi no había cambiado, comía lo mismo, es decir, lo que quería y cuando quería, practicaba deporte con carácter intermitente y combatía los excesos con un par de sesiones de ayuno que hacían que mi peso se mantuviese eternamente en la horquilla de los 57-58 kilos, sin embargo, el diagnóstico médico me transportó a una verdad irreversible: ya no soy una jovencita.

Mi amiga Carolina escribió un día en su Facebook el estado más divertido de cuantos había leído hasta entonces, "cuando los pantalones de vestir se convierten en leggings y los leggings en medias de compresión". En este punto me encontraba. El siguiente paso era incuestionable, reaccionar. A riesgo de parecer frívola, no voy a mentir, me preocupaba la salud pero también la estética. Mi ropa no me queda bien, ni por delante ni por detrás, me siento una orca varada y la energía de mi cuerpo parece haberse esfumado maléficamente. Me canso más y me canso antes, normal, no en vano arrastro conmigo 9 kilos que antes no existían.

NUEVOS TIEMPOS, NUEVAS ESTRATEGIAS

Análisis objetivo: si antes me cuidaba esporádicamente, ahora estos cuidados deben formar parte de mi rutina diaria. Ya no volveré a ser un tren de alta velocidad pero ni falta que hace, no tengo las prisas de antes, soy una bicicleta y me gusta.

Me he apuntado a un gimnasio maravilloso-low cost, llenos de mujeres y hombres en idéntica etapa, así que allí nadie compite por levantar más la pierna en las clases de Aerobox, ni por mantener el tipo los 45 minutos de ciclo indoor. Nos vestimos como nos da la gana, sudamos como campeones olímpicos, nos animamos, bromeamos con la edad, el peso y las hormonas y, al salir, exhausta, aún me quedan ganas de tomar el vino con aceitunas que me he ganado.

Como mejor y regularmente, procurando no saltarme ni una sola de las 4 comidas reglamentarias. Amanezco ingiriendo una infusión de jengibre triturado que es un remedio estupendo para estimular la circulación sanguínea y paliar los problemas circulatorios (bye bye celulitis), además, tienen un puntito estimulante para levantar el ánimo y mucha vitamina C. A lo largo del día alterno un par de tazas de té verde, mi favorito, con una de té rojo después de comer, normalmente el de anís con regaliz, súper fan, porque es digestivo, quema grasitas, sabe de maravilla y al tener bastante teína sustituye los efectos del café, al que también soy adicta. Por la tarde, sobre todo si voy a ir al gimnasio, un rooibos depurativo de limón y piña u ortiga, que repone sales minerales, tiene cierto efecto saciante y aleja el fantasma del hambre. De toda mi estrategia, la parte de beber té e infusiones es la única que no ha cambiado con respecto a mis hábitos de antes, porque siempre ha sido un ritual en mi vida del que no puedo prescindir y el sacrificio sería no tomarlos, pero ahora procuro que sean terapéuticos, con una composición adecuada a mis necesidades y que estén muy ricos.

PRIMEROS RESULTADOS

Han pasado dos meses desde que me puse manos a la obra y los resultados son alentadores. Estoy aprendiendo a boxear, soy más rigurosa y ordenada en mis hábitos, me siento de maravilla y he adelgazado 4 kiletes. Yeahhhh!